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Susurros encadenados

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Grum, que le tenía manía a Krom, le dijo a Rolf que este había estado robando frutas de la cesta comunal durante las noches de la semana anterior. Rolf se lo dijo a Gart, Gart a Tanya, Tanya a Gonkaz y Gonkaz al viejo Sorvo. Inmediatamente el consejo de ancianos se reunió, y puesto que era de dominio popular que Krom había robado la fruta llegaron a la conclusión de que así fue, y le obligaron a abandonar la aldea.

Siglos después, no muy lejos de allí, Nemotep, que le tenía tirria a Viserón, le dijo a Nyamar que este había movido la piedra del lindero que delimitaba su campo, haciéndolo más grande, durante la noche. Nyamar se lo dijo a Aniram, Aniram a Visis, Visis a Temotep y Temotep al ayudante del Visir, Nefer. Al poco, Tamer, comisario de la zona, se llevaba a Viserón arrestado. Pocos días después se cumpliría la sentencia de 200 latigazos, avalados los jueces por las declaraciones de los testigos.

Unos miles de años en el futuro, en un lugar muy próximo, Sarja, que odiaba a Mehira, le dijo a Areebah que esta se había acostado con un hombre, sin estar casada. Areebah se lo dijo a Abdul, Abdul a Hassan, Hassan a su mujer Nayija y Nayija a su padre, Âkil, juez de El Cairo. Al poco Mehira compareció ante un tribunal, donde se le condenó a la cárcel, en base a las sospechas que se cernían sobre ella.

Moraleja: Los años no nos cambian.
Moraleja II: ¡Que peligroso es tener enemigos cobardes!
Posible tercera moraleja (lo consultaré con la almohada): Definitivamente, somos simios.

La conclusión de Salomón

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Bien... tras permanecer la encuesta abierta un mes ya, ha llegado la hora de extraer las conclusiones.. ¿Que encuesta? Pues la que estuvo abierta durante un mes entero (creo que eso ya lo he dicho, por cierto) y que consistía en hacer el grandioso e imperioso esfuerzo de desplazar el ratón unas decenas de píxeles a la izquierda, y elegir entre cuales de las historias de Salomón os quedabais...

Supongo que muchos entusiastas seguidores de esta bitácora habréis votado... estoy muy orgulloso de vosotros, en serio... y si ya os hubiereis leído los relatos habría sido el summum... pero en fin, la intención es lo que cuenta, supongo. Daos un aplauso.

Pues ¡sea!, he aquí el relato ganador, con el 40% de los votos:

Salomón II

Salomón II... el más bizarro de los 4 relatos. Supongo que ya se a que me atengo: a una cuadrilla de lectores ávidos de injusticias, sangre, sufrimiento gratuito y humor negro... por favor, empezad a dejar por aquí maneras de contactaros, gente de buena fe ^^

Con el 20% de los votos y en segundo lugar:

Salomón IV

Salomón IV, un enfoque de ciencia ficción del relato... y el más triste de todos (en mi opinión... más incluso que aquel en el que cortan al bebé por la mitad, y es que siempre he sentido debilidad por los ordenadores que piden auxilio...)

Con el 10% de los votos y en tercer lugar:

Salomón I

Salomón I, la idea original. En realidad empecé por tener la ocurrencia de cambiar un poco la versión bíblica dándole un toque más... "gore". Pero no pude parar, y me salieron cuatro relatos de golpe y plumazo (y ya veis que no están muy reflexionados, no)

En cuanto a Salomón III... ¡ni un solo voto! Vale, es posible que no los mereciera, pero al menos es un relato borde, sin duda... De todas formas, es también el que menos me hace ¡me gusta vuestro criterio, me gusta!

Por otra parte, dejadme comentar el hecho de que nadie ha votado por la versión original del relato (el bíblico, vamos)... no se si será por el hecho de que no os guste... o por el hecho de que no lo habéis oído jamás...

Y para concluir... ¿no falta algo? ¡Claro!

Para aquellos que se os den bien los números (o al menos sepáis contar sin tener que usar los dedos... mucho) os habréis dado cuenta que falta un 30% de los votos de los cuales no he dicho nada... bueno, no sé si os fijasteis en el hecho de que estaba disponible la opción "¡Fuera de mi despacho!"... y por supuesto, el 30% de vosotros escogió esa opción. Francamente, era la mejor de todas. Y ahora si se a que atenerme: a un 30% de jefes alopécicos que no quieren verme en su oficina.

Decoración Interior

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Y entré en su habitación...
- ¿Qué pasa, es que no te gusta? - me preguntó ella, mientras me pasaba una mano por detrás de la espalda, lentamente.
- Oh no, no... no es eso. Es que me ha sorprendido. Eso es todo.
- ¡¿Que te ha sorprendido?! Bueno... esperaba que tuvieras una mejor opinión de mí... esperaba que esperaras algo más ¿sabes? - dijo burlonamente, mordiéndose el labio.
- Oh no... ¡pero si es perfecto!¡Me encanta! Es solo que es mejor de lo que podría haber imaginado...

Desde el marco de la puerta hasta bien entrada la habitación se extendía una enredadera, agarrada, enraizada a la pared... sus tallos eran gruesos como brazos y sus hojas rojas, terriblemente rojas. Sus flores macilentas supuraban un espeso líquido añil...
En las estanterías ancladas a la pared reposaban viejos frascos, conchas marinas rotas, libros, libros y más libros, apoyados en cráneos marronáceos, aún con trozos de carne en descomposición colgando de ellos... al igual que los torsos humanos que tenía encima de la cama, junto con los cojines de seda negra...
Olía raro. Como a... desgarro. Si la acción de desgarrar tuviera un olor específico sin duda, sería ese olor, esa esencia. Un aroma de descomposición, un aroma dulzón, embriagador. Olía como a... muerte. Solo que allí nada parecía estar muerto: todo se mecía con la suave brisa que entraba por la ventana, de marcos de plata envejecida y goznes con cabezas de fieras...

- Por cierto, no te fijes demasiado en la lámpara, aún no está bien colocada - me dijo antes de morderme la oreja.

Cierto. El gran candelabro que colgaba del techo parecía suelto o por lo menos, se mecía demasiado o eso me parecía... además de estar torcido. Y la pared del techo aparentaba estar aún fresca: caían gotas rojas por todas partes, incluso en mi camisa nueva. Mi madre me mata, seguro.

Nos lo montamos en su cama. Pero antes le pedí que quitara los torsos: las costillas rotas se me estaban clavando en la espalda.

El Precio de la Ignorancia

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"Próxima parada..." - anunció aquella automática y metálica voz, ese intento de dulce susurro femenino... una máquina siempre hablará como una máquina. El vagón: atestado, viciado, abarrotado de otros jóvenes próximos a mi edad… al parecer todos escogen la misma hora. Periodicuchos de tres al cuarto, novelas de usar y tirar, envoltorios plásticos, comestibles rancios… todos cubren el suelo del mismo tapiz consumista. Sonidos repetitivos e incongruentes se mezclan entre la algazara del gentío y traqueteo del vehículo. Un brusco frenazo… y la puerta del vagón en el que me encontraba se abrió torpemente para dar paso a un flujo continuo de gentes… y entonces, lo vi a el. He de reconocer que destacaba especialmente por su aspecto, no sólo por sus oscuros, gastados ropajes y extraña complexión: portaba un gran bastón de empuñadura dorada, una larga gabardina que guarecía su fornida constitución y una grande y negra chistera que adornaba su cabeza, situada a una altura inconcebible en un hombre de edad incalculable, aunque imaginable… claros cabellos plateados asomaban tímidamente por los rebordes de su sombrero…

Pero, sin duda, era su mirada lo que más me llamaba la atención: unos ojos grises como el mármol, imperiosos, inquisitivos… ¿Podrías concebir, camarada, el adjetivo “ojos afilados”? Bueno, pues sus ojos eran tan afilados que cortarían una brizna de hierba en el aire… No recuerdo cuanto tiempo pasó después… ¿Unos segundos? ¿Unos minutos? ¿Tal vez más?...No lo sé… Pero sí recuerdo que mi vida cambió después de aquel incalculable lapso temporal…

Aquel hombre, con una agilidad y velocidad inauditas, sacó velozmente un ennegrecido revólver, un viejo Mágnum .44… con igual ligereza, se ubicó delante de uno de los pasajeros, uno de estos muchos niñatos de diecimuchos que alardean de machitos y macarras para rasurarse las piernas en el lavabo y depender de “mamita” y “papaito” para incluso las labores más triviales… uno de estos criajos que todo aquello que huele a cultura, a esfuerzo, a trabajo dispara en ellos ese “¡vade retro!” que simbolizan con su “rebeldía” conformista, su “antisistemismo” fingido y su desprecio a todo aquello a lo que no llegan, a lo que no pueden aspirar… uno de estos imbéciles cuya única meta es el próximo enajenamiento artificial y que no suponen más que una carga social, un lastre y que no son más que escoria, cabeza de ganado, carne de cañón, fruto de la generación del alimento congelado y las sensaciones prefabricadas... ya sabes a lo que me refiero, camarada. Habiéndose situado el hombre armado justo enfrente del individuo, le apuntó directamente con su revólver en el entrecejo, apretando con tal fuerza que la faz de aquel bastardo se cubrió con un pequeño hilillo sanguinolento...

- ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! - exclamó, ante la mirada horrorizada de todos los pasajeros, con una cálida y autoritaria voz, propia de un carismático orador, no habiendo hasta el momento producido ni el más leve suspiro…

El apuntado, sorprendido, temblando como una reseca hoja al viento, balbuceaba como un inestable mental, sólo llegando a decir, después de muchos esfuerzos algo así como - ¿Qué… que dices tío? – seguido de unas cuantas más palabras incoherentes.

- ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! - exclamó por segunda vez aquel hombre gris, que a medida que hablaba parecía crecer por momentos. El otro, terriblemente amedrentado, pedía a gritos que no disparara… ¡como llegó a gritar aquel cerdo!

Amartillando el revólver, exclamó por tercera y última vez - ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! – mientras el amenazado gemía y ofrecía maravillas a cambio de que no le matase… Entonces, ocurrió lo previsible: Disparó un solo tiro en la cabeza de aquel tipo, esparciendo sus sesos por todo el asiento en el que se hallaba y tiñendo las ventanas, el suelo y sus respectivas porquerías con el color de la sangre fresca…

El tiempo parecía haberse detenido… ¡que curioso que se vuelve todo cuando ves tu vida pender de un hilo! De repente, todo es más importante: cada sonido es una auténtica floritura musical, cada color una algarabía de tonos, cada olor un bazar de sensaciones e incluso un tenue sabor se convierte en una compleja degustación… de repente… ¡se tiene un apego a la vida, a todo aquello!

El hombre de gris, no saciado en su carnicería, repitió su ritual de sade con dos individuos más: una golfilla repintada y un cabeza rapada… al parecer este último añadió un gran charco de orina a la conjunción de líquidos que reposaba en el suelo. El resto de pasajeros gemía, gritaba, pedía ayuda… el tren no parecía llegar jamás a su destino, a una parada, a lo que fuere… aquel infierno no parecía terminar…

Y así, me llegó el turno… he de decir que lo esperaba ¡ya me había hecho la idea! Al fin y al cabo… ¿Qué más da ahora que dentro de unos meses, unos años? Me atrevería, incluso a decir, si camarada, a decir, que en cierto modo lo estaba deseando… ¡que incomprensible es el ser humano!... El hombre me apuntó directamente al entrecejo, como hizo con los otros anteriores a mi... ¡que olor mas fuerte despedían aquellos! ¿Es así el olor de la muerte?... Tal y como esperaba, recitó su máxima (¡que curioso que fuese lo último que aquellos tres oyeran antes de morir!)

- ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! – dijo, pues…

Camarada, estaba aterrado. El negarlo sería una hipocresía, una sucia mentira… Veía como estaban a punto de arrebatarme aquello que pensaba que solo yo era el único dueño ¡la vida! Y… ¡que iluso! ¡Pensar que de verdad somos dueños de nuestra propia vida! Al cretino que dilucidó aquello alguna vez tendrían que haberlo metido en este vagón de la muerte…

- ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! – repitió…

Oh Dios… ¿Dios? ¿Qué es Dios? ¿Dónde está Dios en estos momentos? ¿Existe, no existe? ¿Es este mi fin? Seguramente… ¿y después? Después, se acabó el sufrimiento, se acabó el dolor… la oscuridad… el fin…. ¡Bang! ¡Sangre por todas partes! Y estás muerto…. Definitivamente, si Dios no existe, lo hemos inventado… y como humanos que somos, hemos inventado un Dios imperfecto, que en el momento de mayor necesidad: “¡Lo sentimos! ¡El servicio que esta solicitando no está disponible en estos momentos!”... ¡Y que curioso! ¡Tantos años para pensar en todo esto! Y sin embargo…. ¡ahora! ¿Por qué? ¿Es este el momento más adecuado para remontarse a Rousseau, a Voltaire?

…Voltaire...

- ¡¡¡ La civilización no suprime la barbarie…!!! – exclamó, por última vez, amartillando su revólver… he aquí, el ultimátum, el fin…

- La civilización no suprime la barbarie… la perfecciona… Voltaire – balbuceé, como me permitió mi escasa sangre fría...

El hombre lentamente arqueó sus envejecidas cejas mientras una tímida sonrisa se dibujó en sus labios… Lentamente apartó el cañón del arma de mi frente… Y entonces, ocurrió lo inimaginable: El hombre gris me tendió su propio revólver asesino, aquel con el que había destrozado las cabezas de tres individuos… y con el cual pretendía agujerear una cuarta... la mía…

Camarada, aquello dio desde luego un giro a mi vida. Me recordó muchas cosas, cosas que había olvidado, cosas que quería olvidar… me enseñó muchas cosas, cosas que no sabía, cosas que no quería saber… me abrió las puertas a un nuevo mundo, una nueva manera de ver las cosas, una segunda vida…

…sólo te diré que jamás pensé que disfrutaría tanto viendo como la incultura del individuo y su indiferencia ante ello se convertirían en sus asesinas… de la mano de un hombre gris y de un joven… al que le acababan de entregar un revólver…

Ratas con alas

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Y un día las palomas se revolucionaron...


Y nosotros que creíamos que se hinchaban de comer porquerías del suelo por gula: se avituallaban y se autoinmunizaban de nuestros propios desechos.
Y nosotros que pensábamos que se ciscaban en las estatuas porque les salía allí mismo: se entrenaban y preparaban para la invasión aérea.
Y nosotros que nos considerábamos el summum de la destrucción: ellas en pocos días, nos sometieron a todos, débiles y contagiados.
Y nosotros que nos preocupábamos porque eran demasiadas... ¡Ay humano iluso!¡Por cada paloma que ves, te enferman diez!

Y aún hay quien les echa miguitas de pan en la Plaza de la Reina... ¡Misántropos! ¡Antropocidas!

Salomón IV

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Estación estelar de origen terrano, clase Demiurgo-Dixit. Año 5376… Cierto día, se presentaron en el camarote del regente Salomón dos mujeres, enzarzadas en una disputa que solo el sabio gobernador, cerebro de la estación estelar, sabría resolver.

Ambas mujeres reclamaban la maternidad de un bebé que portaba una de ellas. Se trataba de una protesta bastante ridícula… una prueba de ADN lo solucionaría todo.

Así iba a ser cuando se declaró el estado de alerta en la estación: al parecer, un grave fallo en la estanqueidad de los módulos de habitabilidad había provocado una descompresión global. A los pocos minutos, todo el aire respirable había escapado… aquellos que no pudieron llegar a las lanzaderas de evacuación murieron asfixiados o debido a la congelación.

Solo Salomón quedó allí, solo, frío y sin oxígeno. Sabía que si sintiera tendría que sentir algo, sabía que en situaciones como esta se daba cierta sucesión de emociones… aunque inútil.

Allí permaneció, y transmitió un mensaje de socorro a la estación más cercana, a tres meses luz de allí:

“Aquí Salomón, número de serie 01345340-K, enviando señal de socorro estándar, posición y estado”

Salomón III

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Cierto día, se presentaron en la corte del rey Salomón dos mujeres, enzarzadas en una disputa que solo el sabio monarca, padre político de todos los israelitas, sabría resolver.

Ambas mujeres reclamaban la maternidad de un bebé que portaba una de ellas. En un reino tan próspero como el de Salomón, con un monarca que poseía más de 700 esposas y 300 concubinas, nada tenía ya sentido, nada valía nada. Un bebé más, un bebé menos…

Y llegadas allí, ante la expectación de la corte (tan próspera como su soberano y su reino), el monarca, tras haber escuchado sus argumentos, en su inmensa sabiduría dijo:

- Ya que no es posible llegar a un acuerdo, que sea la mujer que me traiga sándalo de Ofir la madre del niño. Solo una verdadera madre podría demostrar la suficiente fortaleza como para arriesgar su vida de esta manera – concluyó.

Y puesto que ciertamente ambas mujeres querían demostrar su maternidad, ya fuera por verdad o por testarudez, ambas partieron. Y pasaron los años.

Hasta que una mañana de invierno, una mujer dolorida, amoratada y tumefacta apareció en el palacio… con un manojo de sándalo de Ofir.

-¡He aquí el sándalo, su majestad! – dijo exhausta - ¡he venido a por mi hijo!

- ¿De que nos hablas, mujer? Aquello ya no nos divierte… además, tenemos todo el sándalo que queremos gracias a la apertura de las rutas comerciales - dijo secamente – Dadle a esta vagabunda un par de monedas y que se largue de palacio.

Y así, ambas mujeres fueron despachadas con determinación, probidad y austeridad. Bueno… solo una de ellas. Y otra vez era presente que realmente los vagabundos eran unos aprovechados, por venir a pedir limosnas a la casa del rey.

Salomón II

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Cierto día, se presentaron en la corte del rey Salomón dos mujeres, enzarzadas en una disputa que solo el sabio monarca, elegido por la ley divina y acérrimo defensor de esta, sabría resolver.

Ambas mujeres reclamaban la maternidad de un bebé que portaba una de ellas. En aquel entonces, los reyes tenían bastante tiempo libre, gracias a la creciente economía (de esclavos), la tranquilidad de las fronteras (guardadas con puño de hierro) y la felicidad de la población (sin comentarios).

Y llegadas allí, ante la expectación de la corte (igualmente aburrida de tanta paz), el monarca, tras haber escuchado sus argumentos, en su inmensa sabiduría dijo:

- Pero… ¡¿Como no van a saber quien es la madre?!¡¿Y el padre?!¡Estas mujeres son adúlteras, y este niño ha nacido fruto del pecado! ¡Que las lapiden y al vástago le corten la cabeza!

Y así, ambas mujeres fueron despachadas con firmeza, rectitud y moralidad. Otra vez era presente que realmente el rey era el elegido de Dios, pues cumplía su ley a rajatabla. Y todos alzaron una plegaria, porque estaban agradecidos.

Salomón I

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Cierto día, se presentaron en la corte del rey Salomón dos mujeres, enzarzadas en una disputa que solo el sabio monarca, elegido por la divinidad para dirigir a su pueblo y saber lo que le conviene, sabría resolver.

Ambas mujeres reclamaban la maternidad de un bebé que portaba una de ellas. Habían demandado la posesión en la guardia agraria, relegándoles estos al alcaide rural, enviándoles a estas al Consorcio de Resolución, remitidas por este al juez del distrito… así, de intermediario en intermediario hasta el propio soberano.

Al parecer, ningún funcionario era digno de resolver tal cuestión… ni capaz.

Y llegadas allí, ante la expectación de la corte, el monarca, tras haber escuchado sus argumentos, en su inmensa sabiduría dijo:

– Puesto que ambas mujeres reclaman la maternidad del vástago, ¡que aquella que lo porta lo corte por la mitad!

– ¡No! ¡No! – gritó la otra, desconsolada.

– Tranquila, mujer… ¡Puesto que la primera ha de cortarlo, que sea la segunda la que elija el pedazo!

Y así, ambas mujeres fueron despachadas con justicia, equidad e imparcialidad. Otra vez era presente que realmente debía de ser voluntad de Dios que ese hombre fuera el rey. Y todos contentos.

Trompetas de Nueva Orleáns

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Verano, 35 grados. Nueva Orleáns, estado de Luisiana. Año 2020. Tras una casi completa reconstrucción de la ciudad, parcialmente destruida por el Huracán Katrina veinte años atrás, ha resurgido de entre sus escombros, en un mar de desechos, precariedades y un alto índice de criminalidad.

Oficina del alcalde Smith. 23 grados. El electo hace ya dos años dicta a su secretaria una carta a los últimos afectados por los "daños colaterales": aquellos que ahora deberán abandonar sus ruinosos hogares para dejar sitio a un bulevar comercial que devolverá a la ciudad parte de su perdida gloria...

- Señorita Atkins por favor, tome nota:

A las poblaciones disidentes:
El progreso de nuestra ciudad es un paso inminente. La entrada del dinero turista es algo necesario y no vamos a permitir que la opinión de unos cuantos "espaldas mojadas", negros y vagabundos decidan lo que es mejor para nosotros. Así, tienen un plazo máximo de dos días para abandonar sus chabolas antes de que demos luz verde a las excavadoras. Podrán estar orgullosos de que en esa zona que han corrompido con sus estúpidas costumbres y gilipolleces culturales y que han ocupado y redistribuido se vaya a construir el mayor bulevar comercial del estado de Luisiana. Les sugerimos que no vengan a reclamar al ayuntamiento: están ustedes ocupando una propiedad privada de la que no son dueños legítimos. ¿Que demonios quieren, una especie de reserva, como a los indios?
Atentamente,
El Ayuntamiento de Nueva Orleáns

– Señor Smith... supongo que será una broma... – comentó la secretaria antes de levantar los ojos del ordenador – todo el mundo se nos echará encima y…


– Lo sé, lo sé. Es solo que no estoy de humor para recaudar papeletas... transcríbalo de tal manera que sea “correcto y aceptable” – le interrumpió haciendo una mueca de burla – Ahora haga el favor de repetirme lo que le he dictado…

– Si señor...

A los vecinos afectados:
Nuestra querida ciudad, después de 20 años de reconstrucción ha llegado a su punto álgido. Recuperando la gloria como referencia de la música que la ha caracterizado siempre, se restaurará, a su vez, el flujo del turismo que tanto nos beneficia a todos. Sabemos desde el ayuntamiento que muchas de sus comunidades minoritarias, que residen en la zona de una manera no regularizada, se verán afectadas, y ello es algo que nos preocupa. Han dado ustedes una enorme muestra de lo que la perseverancia y la solidaridad entre vecinos puede llegar a lograr, y eso es algo que les ennoblece, así como en enriquecimiento cultural que han aportado a la zona. Sin embargo, nos vemos obligados a llevar a cabo el proceso de desalojamiento en pos del bien con miras futuras de la ciudad. Pero sus necesidades estarán cubiertas: serán ustedes redireccionados y redireccionadas a los centros de caridad de manera temporal hasta que se regularice su situación. Les sugerimos que si tienen alguna queja se dirijan al propio Ministerio de la Vivienda, así como a la asociación de afectados por el huracán Katrina. Su comprensión es un buen ejemplo del espíritu de Nueva Orleáns.

Atentamente,
El Ayuntamiento de Nueva Orleáns

– Aprende usted rápido, Señorita Atkins…– acto seguido se hizo un silencio incómodo y el alcalde se abalanzó sobre aquella adolescente – conoce lo políticamente correcto – jadeaba – pero le queda mucho por aprender…

Hecho en la Tierra

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O una de dos... O la colonización del espacio esta más avanzada de lo que yo creía, y ya podemos generar alimentos en otros planetas, y encima sobran, porque los importamos aquí… o la situación terrana esta peor de lo que yo pensaba, y ahora se ha creado una nueva "denominación de origen" para identificar aquellos productos que (¡atención!) ¡VIENEN DE LA TIERRA! (Y no sólo de los laboratorios de McDollar Corp. & Asociados)

Ahora mirad a que me refiero... cuando lo vi no supe si reír o llorar... y eso que aún no me habían dicho lo de "son 9.95 €" por sólo un bocadillo del tamaño de medio brazo de un recién nacido (perdón por la analogía, pero es que era justo ese tamaño)... bon appétit



Trinchera

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En el frente, año de 1917. Un general efectúa una visita de inspección. Dirigiéndose a un cabo, que hace guardia en la trinchera, pregunta:

— ¿Qué hay en el otro lado?
(Queriendo decir "¿Qué sucede en el campo enemigo?")

El soldado, mientras carga su pipa, responde con flema:
— ¿Que qué hay en el otro lado? Los otros imbéciles.


Tacones Ciegos

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(Éste es, si mal no recuerdo, el primer relato que publiqué. Por ello, le tengo un apego muy especial. Ya lo hice en su tiempo en "Nanorobótica para gusanos de seda", pero lo vuelvo a repetir (pero ahora aquí). Matizo que se trata de una reedición del relato original.)

Y calle abajo se contoneaba con sus tacones. Estaba muy orgullosa de ellos: se los había regalado un amante francés que vino y se fue en un mismo mes pues, al parecer, le buscaban por hurtar en un convento. Partió y la dejó con promesas de un futuro maravilloso, rodeados de veinte críos chillones y un par de perros, en un enorme caserío. Sin embargo, el se marchó y lo único que quedó fueron aquellos ruidosos tacones, objeto de envidia de muchas jovencitas de entonces, allá en el pueblo. No recuerdo su nombre, pero todas las mañanas temprano se la oía taconearse calle arriba y abajo, y entre abajo y arriba, un saludo de esta hermosa a un servidor apostado en la puerta de su casa, en la fuente o en la vieja vaquería. Arriba y abajo, abajo y arriba, y ella se contoneaba con sus tacones todos los días, ignorando el dolor que estos le hacían sufrir, debido a las piedrecillas del suelo o a los adoquines de la calle mayor… ¿Que importaba un par de cortes a aquella mujer? ¿Que importaban los cardenales en sus dulces pies a aquella que demostraba ser de una pasta más dura, de una dureza excepcional? A mi me importaban.... cada gota de sangre que resbalaba de sus castigadas extremidades y caía en tierra era para mi un castigo injusto, algo que no debería permitirse ni en los peores tiempos de guerra, ni en las situaciones más adversas, en aquellas en la que todo importa poco y lo poco lo es todo… ¿Pero que importa la opinión de un ciego? ¡Creen acaso que yo me alegré de haber sido designado inútil para guerrear! ¿Qué es más duro que ver marchar uno a uno a aquellos que te rodearon toda tu vida?.... Pues es más duro no verlos marchar… pero no porque se queden precisamente…

Y un día se dejaron de oír aquellos tacones que me colmaban de alegría todas las mañanas. Día tras día esperé, pero jamás volvieron a contonearse por las calles. Al poco me enteré que la metralla de un obús acabó con su vida, durante la ocupación, mientras cargaba con dos docenas de huevos, para una familia imposibilitada de trabajar… En su bondad encontró su muerte, como flor que brota en un cementerio. No recuerdo su nombre, pero se que dos soldados se jugaron sus tacones en una partida de dados…

La Princesa de los Balcanes

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(Este relato lo escribí hace ya mucho tiempo atrás, pero no cambiaría nada, me gusta como está... Este es otro de aquellos "relatos de metro" que nunca fue bien recibido... y no me figuro porqué...)

Y entonces, ella subió. En el último y vacío vagón, en el sucio, oscuro y desierto vagón, solo ella y yo, solo yo y ella... y nadie más para poblar la infinidad de destartaladas sillas desocupadas. El ruido de los coches, el alboroto cosmopolita, el ajetreo propio de una noche en la desembocadura del Turia… todo aquello queda fuera… solo el incesante traqueteo del tranvía, la continua vibración, la ausencia de calor humano paliada con un tenue intento de calefacción y una tímida melodía sosegada tañen en el ambiente del sombrío cubículo móvil… sombrío… y sin embargo tan mágico… tan estupefaciente…

Y allí esta ella, sentada justo en frente de mí… sus largos y cobrizos cabellos cubren sus generosos pechos, su clara piel, ligeramente tostada, realza su belleza caucásica. Sus tiernos ojos azules son una puerta a su alma… me sonríe… me hace preguntarme ¿Cómo se llamará? ¿Que fatalidades habrán vivido esos grises faldones gastados? ¿Cuantas jornadas habrán esas cansadas piernas andado? ¡Y sus brazos!… ¿Quién habrá hallado consuelo entre esos maternales brazos?

El neón publicitario por fin hace justicia, iluminando su dulce faz en la que se refleja a su vez energía y agotamiento, alegría y dolor, mucho dolor… picardía, bondad, oportunismo, supervivencia… Hay quienes le abominan, hay quienes quieren que se marche… Y yo no lo comprendo… ¿A violar nuestros sagrados santuarios domésticos en busca de nuestros bienes? ¿A traer la discordia, el odio, la maldad? Como si ello fuere algo nuevo, como si no nos bastásemos para tal… No, yo me niego a creer que tal regalo de la naturaleza sea fruto de rumores desprestigiadores, de fobias, de rencor… Me niego a aceptar que se le niegue acogida a un ser que rebosa júbilo, un romántico júbilo, y que inspira ternura a todos aquellos que tuvieren la suerte de estar en su presencia… Me niego a permitir que se consideren a cuatro malhechores como portaestandartes de un pueblo orgulloso, de un pueblo trabajador, cuyas verdaderas y generosas gentes encarnan ideales de un mundo hospitalario, de un mundo respetuoso, de un mundo, ante todo, humano… en el que los más bellos sentimientos originarios del hombre, de la mujer, se manifiestan en seres de carácter afable, mentes que armonizan a la vez la picardía del trapero y el afecto de una tierna madre…

El sueño de una vida mejor nos puede arrancar de nuestras propias raíces y llevarnos por tortuosos caminos… el cruel destino malearnos como si de arcilla fuéremos… El mugido de las vacas, el balido de las ovejas… el ronroneo de los viejos tractores… la caricia del trigo en las piernas desnudas… el tenue calor del sol en las mañanas de primavera… el tueste de los cereales… la alegría de la siega… el dorado de los árboles en otoño… el sonido de las sirenas de los barcos mercantes… la dulce niebla de las fogosas mañanas portuarias… castillos encantados, malditos… bosques lúgubres y mágicos… historias de vampiros, de hombres lobo… de reyes, de condes, de princesas balcánicas… antiguas leyendas… el Kashkaval, el Tarator, el dulce de Banitsa con leche…el Tuica, el Boza, el Slivovitz… todo aquello queda atrás, muy atrás... en pos de un sueño de ultranza… hallar una vida mejor… que en ocasiones jamás es hallada… dejándonos morir a miles de kilómetros de aquel lugar que solíamos llamar nuestro hogar…

Su parada es anunciada y ella se levanta lenta, armoniosamente, arrastrando sus enseres y aparejos consigo… la presencia humana se desvanece y solo me quedo, en esta oscura y fría noche, como dueño y señor del vagón… triste… y a la vez feliz, contemplando a aquella maravillosa mujer… Era vieja, rechoncha y desdentada, pero para mí, ella será siempre la princesa de los Balcanes…

Ratas

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Este relato ya fue publicado en "Nanorobótica para gusanos de seda" (que recomiendo que visitéis, maldita sea) en enero de este año... pero lo vuelvo a publicar, como haré con muchas cosas que haya publicado en el pasado... (bastante me cuesta ya escribir como para que se olvide ¬¬). Me gustaría aclarar que ninguna rata fue herida en la escritura de este relato, aunque alguien disparó a un pato.

Correteaban por las alcantarillas... subían, bajaban y volvían a subir. Mordían cables, tuberías. Antes de que te dieras cuenta, te podían devorar un brazo limpiamente... dejando solo un par de tendones infectos alrededor de una columna de hueso...
Su apetito era insaciable. Su voracidad inmedible. Comen, tragan. Quieren más. Nunca hay suficiente. Y todas son iguales... bueno, todas no... las hay gordas, negras, con los ojos inyectados en sangre, las hay de tamaño de conejos o del tamaño de musarañas... pero siguen siendo ratas...
¿Sabes qué?
- ¿Que?
Que aunque sean ratas, aunque sean gordas y malolientes, aunque en sus tripas se digieran partes de niños, de animales muertos, de desperdicios, aunque devorarían a uno de nosotros sin remordimiento si tuviesen la ocasión... las prefiero a los que viven arriba... son lo mismo, pero al menos estas son sinceras con sus intenciones.
- ¿Quieres otro trozo?
Si, claro...
- No está tan tierna como siempre...
Te he dicho que las blancas están mejor.

Da, mon tovarisch! Da!

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(Este es un relato que publiqué hace tiempo y que coloco aquí porque me gusta especialmente. Sin embargo, parece que nadie lo ha entendido aún a primeras.... En fin, a parte de mal escritor, soy un incomprendido literario)


Moshé Zhirinovski se dedicaba a recoger chatarra. Era lo que se le daba mejor y eso todos lo sabían. Desde Novgorod hasta Stalingrado recorría, a pie, la larga distancia que separaba ambas grandiosas y majestuosas ciudades. Claro que Moshé ya no era Moshé desde hace mucho tiempo. Iván Kozlov, como se le conocía por doquier y tal y como se hallaba inscrito en el registro del soviet, era uno más de los millones de felices trabajadores de la Unión. Se le reconocía como auténtico descendiente de campesinos y obreros rusos de pura sangre, y pobre de aquel que intentase carcajearse de su nariz ganchuda, llamándola "nariz de judío". Nunca se le oyó hablar mal de la Patria, del ejército o del comunismo, más bien todo lo contrario. Apoyaba todas las resoluciones políticas, explicaba el sufrimiento como "paso momentáneo", las carencias como "sacrificio necesario", exaltaba el valor de la causa y maldecía el nombre de todos aquellos disidentes: creyentes, capitalistas, intelectuales, semitas… que merecían bien dar con sus huesos en Siberia, por supuesto, todo en nombre del pueblo trabajador. Kozlov era un auténtico fanático soviético. Tanto que cualquiera que, por casualidad, hubiese hecho un fugaz registro a su escaso equipaje, habría encontrado todo tipo de carteles de propaganda, emblemas del partido, libros de divulgación y, principalmente, una enorme tirada de retratos del tovarisch Stalin.


Lo que no sabrían nunca es que Zhirinovski, a diferencia de Kozlov, nunca necesitaba papel higiénico.